Hermosos, Ariadna, los cordeles que nacen de tu ombligo. Hermosa la forma de dejarnos tu rastro y tu olor, tu sombra como de violín, retenida en las cuevas.
Las flores habían crecido en el laberinto: se enredaban en los cables, en las antenas, en en los huesos blancos de los que no llegaron. El mismo olor a muerte, siempre. La misma historia.
Sólo que esta vez -como cada vez- hombre y minotauro coincidieron en la misma carne: se comieron las frutas, los dulces pájaros, tu dócil aura de virgen.
Luego hicieron un dogal para tu cuello, Ariadna, suavísimo pero inexpugnable, con los lazos de tu pelo y tu cintura, y tiraron fuerte de él, muy fuerte, las dos mitades de la misma bestia.